Yo, Tonya: un divertido y desafiante desastre

 

Craig Gillespie es de esos directores “maquiladores”: han hecho de todo en la industria. Igual cine de terror, que películas con harta adrenalina. Pero tiene esa “mano” para que la cámara haga lucir a sus protagonistas cuando el guión es divertido. Lo logró con Ryan Gosling en “Lars y una chica de verdad” y lo consigue de nuevo con Margot Robbie en “Yo, Tonya“.

Incursionando por vez primera en un semiformato de falso documental, el cineasta aborda uno de los mayores escándalos en la historia del deporte mundial. Tonya Harding era una de las más prometedoras patinadoras de Estados Unidos pero la rivalidad con su compatriota Nancy Kerrigan pasó de lo deportivo.

Con un enfoque muy oscuro, la película centra sus esfuerzos en la relación insana de la deportista con su madre (una perturbadora Allison Janney), lo que lleva a la joven a alcanzar altos niveles artísticos que caerán poco a poco ante un entorno raro y salvaje.

Sin embargo, el filme es inconsistente, porque quiere ser todo. A momentos comedia, luego un dramón, del documental pasamos al absurdo con personajes que parecen caricaturas por lo ridículo de sus compartamientos. De esta manera, no sabemos si la historia quiere ser una broma pesada o un testimonio sentido de una mujer que no pudo despuntar como deportista por factores externos a la pista de hielo.

Pero, al igual que Robbie en su interpretación, “Yo, Tonya” tiene un grato descaro. Es incluso violenta para ir más allá del retrato tradicional y nos ofrece situaciones muy divertidas pese a la trágica existencia de la patinadora.

Gillespie exhibe maestría para realizar desplazamientos y encuadres, sobre todo dentro de la pista, donde todo el tiempo persigue el rostro de su protagonista. Y es ahí, en esos momentos previos y durante la competencia donde Robbie entrega sus mejores minutos, con una Tonya a momentos aterrada, luego confusa, desafiante y confiada. Todo eso en una persona que no midió en su afán por querer ser la mejor.

No obstante, esta habilidad aparece en muchos otros lapsos como mero ornato, simplemente para hacer más vertiginoso un filme que acelera y desacelera como la carrera de la aspirante a campeona olímpica.

Al querer ser muchas películas a la vez, “Yo, Tonya” se pierde entre situaciones, tornándose superficial a ratos, pero afortunadamente no cae en impacto cuando las situaciones extremas incendian la vida de la protagonista.

El gran acierto es que el cineasta no quiso hacer de esta mujer una víctima, pese a la infancia y adolescencia horrorosa y agresiva que le tocó vivir. Por el contrario, hay una mujer que demuestra fuerza y entereza pese a que las malas decisiones le pasaron factura.

La cinta toma tantos giros argumentales como los que “pega” Harding cuando trae los patines puestos, pero hay una muy buena intención de ejemplificar esa realidad sucia que vivió la protagonista con una estética en el mismo sentido y colores deslavados.

Cuando se enfrenta a sí misma, frente al espejo, esta mescolanza de géneros toma un poco de sentido: es un cuadro aterrador, triste, confuso y hasta simpático. Es ahí donde Robbie nos dice que es más que una figura espectacular. Y estos riesgos donde la “gente bonita” se “vuelve fea” para hacer una sentida representación fascina a los que reparten premios.

“Yo, Tonya” es, estéticamente, el personaje: contrariado, desorganizado y impetuoso y con mucha “mugre”. Y aún así tiene el arrojo para ir por más, aunque, al final, se queda en el intento.

I, Tonya (2017)

Dirección: Craig Gillespie.
Guión: Steven Rogers.
Reparto: Margot Robbie, Sebastian Stan, Alisson Janney, Paul Walter Hausser.
Fotografía: Nicolás Karakatsanis.
Edición: Tatiana S. Riegel.

Juárez Góngora

Es orgullosamente yucateco. Egresado de la licenciatura en Periodismo en un colegio de la tierra del panucho y el salbut. Le dio por conocer varias zonas del país hasta que se avecindó en la Ciudad de México, donde se dedica a hacer textos para el mundo del internet. Amante de la literatura, melómano, pero primordialmente cinéfilo, de niño repasó películas en formato Betacam una y otra vez, hasta que finalmente, un buen día, fue al cine y de ahí no pudo salir.

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