Cine

La bella y la bestia: esas muy coloridas y musicales reinvenciones

 

Hay formas de hacer “refritos”. Cuando uno toma una obra y hace una calca precisa del material original los resultados suelen ser inferiores ¿por qué? El caso más sonado es sin duda la ociosidad que hiciera Gus Van Sant con “Psicosis“: reprodujo cuadro por cuadro haciendo una copia idéntica del clásico de Alfred Hitchcock. Y simplemente no agradó. Ahora, Disney se pone a tono con las nuevas generaciones para hacer un “copy paste” de uno de sus productos mejor elaborados de los 90, sino el que más, “La bella y la bestia“.

La ventaja es que los estudios Disney han aprendido que a las reinvenciones o la sobre explotación de sus productos hay que arroparlas para que no parezca que estamos viendo lo mismo, aunque efectivamente, sea todo igual. Por eso “La bella y la bestia” es entretenimiento simple pero se atreve a ir más allá para hacer lo que no se logró en la versión animada de 1991: un musical estilo Broadway.

Porque todos los demás elementos que nos fascinaron de aquel filme que daba bienvenida a la década están ahí: los pulieron, les sacaron harto brillo y eligieron con mucha certeza un reparto que arropa una historia convencional de hadas que va dando saltos como caballo desbocado porque a Bill Condon le encargaron presentar un argumento ligero aderezado con chispas de modernidad.

Así, nos encontramos con un filme que luce en lo visual y encanta porque el cuadro actoral es preciso, más no brillante. Cumplen con detallado profesionalismo la encomienda de ser chistosos, empáticos, dulces y cercanos a un público que conoce la historia, sabe de su final, y no obstante sufre hasta el momento en que el amor triunfa sobre la ignorancia.

La pareja formada por Emma Watson y Dan Stevens es gris. Funciona porque nos recuerda al clásico animado, el montaje está diseñado para eso: remitirnos al pasado y dejar que nuestro cerebro complete eso que falta en la nueva versión.

 

Ahora, como si se tratara de repostería, es el mismo pastel, los mismos ingredientes, pero hay que hacerlo más vistoso. Entonces, presentamos una paleta de colores mucho más contrastante, le agregamos un personaje abiertamente gay y ponemos a otros tantos a convivir como si se tratara de tiempos en donde los negros de clase alta no eran mal vistos para obtener un cuento que es novedoso y hasta políticamente correcto. Pero tal cual indica el manual, para no meternos en aprietos.

Claro que hay simpleza narrativa, pero ¡es Disney! Cuando se hablé de la “Bella” feminista y del empoderamiento de la mujer no podíamos esperar ver a la Michele de la película “Elle”, no porque no se pueda, sino porque no se quiere al tratarse de un público meta completamente infantil (2016). Pero supieron sacarle partido a los momentos cantados, a esa magia al interior de castillo. Espacios y ambientes desvían la atención para que no se note ese enamoramiento desangelado entre opuestos.

 

Así, el elenco salva la puesta en escena. Esos personajes secundarios que deambulan por ahí como si fueran adorno, no lo son, por el contrario, están más vivos que nunca y evitan un trabajo empalagoso, con esos flashbacks pobres que intentan darle cierta profundidad a un relato que es lindo, emotivo, pero a la vez convencional.

Se supone que es un argumento que exalta la belleza interior. Pues bueno, la realidad es que a Disney eso no se le da, porque lo hermoso de “La bella y la bestia” está por fuera, en su factura, en su diseño de producción. Lo de adentro… mejor lo dejaron guardado.

 

The beauty and the beast (2017)

Director: Bill Condon.
Guión: Stephen Chbosky, Evan Spiliotopolus.
Reparto: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Ewan McGregor, Josh Gad, Kevin Kline, Ian McKellen, Emma Thompson.
Fotografia: Tobias A. Schliessler.
Edición: Virginia Katz.

 

*Imágenes tomadas del sitio oficial de “The beauty and the beast”.

Juárez Góngora

Es orgullosamente yucateco. Egresado de la licenciatura en Periodismo en un colegio de la tierra del panucho y el salbut. Le dio por conocer varias zonas del país hasta que se avecindó en la Ciudad de México, donde se dedica a hacer textos para el mundo del internet. Amante de la literatura, melómano, pero primordialmente cinéfilo, de niño repasó películas en formato Betacam una y otra vez, hasta que finalmente, un buen día, fue al cine y de ahí no pudo salir.

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