El hilo fantasma: lo enfermizo se esconde en los pliegues

 

El amor está en los detalles. Y si alguien sabe contar historias poniendo especial atención en las aparentes nimiedades es Paul Thomas Anderson. “El hilo fantasma” es por mucho su trabajo más elegante y confuso, porque a momentos pareciera que vamos a enfrentar un filme de espectros y al final es la íntima historia de un par que abusa de los espantos para jurarse amor eterno.

Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis, adusto y contundente) es un reconocido diseñador de ropa británico que sólo puede convivir en armonía con su hermana Cyril (Leslie Manville), mujer que realiza las funciones sociales y administrativas del negocio para las que el perfeccionista londinense está negado. Y cuando parece que el soltero empedernido seguirá concentrado exclusivamente en su trabajo, aparece la joven mesera Alma (Vicky Krieps), y todo cambia.

 

 

La pareja vivirá el trayecto tradicional de la exaltación al desamor. El director va tejiendo -como el hábil costurero fílmico que siempre ha sido- este desencuentro y el choque de excentricidades del diseñador con los modos poco educados de su pareja.

En este camino, Thomas Anderson construye primero la personalidad de claroscuros de Woodcock, un genio a todas luces que se ha refugiado en sus creaciones para enaltecer a sus fantasmas. No quiere deshacerse de ellos, quiere honrarlos, y precisamente por eso esconde frases, cabellos, objetos que guarda entre los dobladillos de las prendas que crea. Por eso la iluminación es tan certera al momento de enmarcar la personalidad del diseñador: un tipo sombrío y despreciable en su trato, pero una lumbrera para confeccionar vestidos. Y ese éxito radica en que estudia el cuerpo femenino, es un obseso al momento de imaginar basándose en las tallas. Vestimentas a la medidas de quien lo porta, para que quien luzca sean ellas y no el vestido.

Es entonces que el cineasta decide confundirnos. Alma narra su devoción por Woodcock, pero mientras la voz en off nos habla de un entendimiento en pantalla vemos a un par cada vez más alejado, donde el odio comienza a nacer y el machismo aplasta a la aparente mujer inocente.

El zurcido selecto de Anderson llega a vulnerar al macho que suele protagonizar todos sus filmes y revela el verdadero rostro de Alma, jugando otra vez con esta iluminación tenue que apenas evita las penumbras. Y con esto, crea una historia de amor verdadera.

Normalmente, el abuso o exceso llega por una de las partes. Cuando ambos no coinciden y se toleran más que adaptarse es que llega el inminente rompimiento, cada quien jalando hacia su lado, pero ¿qué pasa cuando los dos se conectan y deciden refrescar sus votos aún cuando sea a base de prácticas fuera de lo convencional? Anderson retrata lo que realmente significa el amor, aunque no todos estamos de acuerdo en las maneras de Reynolds y Alma.

Todavía mejor es el manejo de los espacios. El cineasta casi siempre opta por múltiples locaciones, diferentes lugares, pero en “Phantom Thread” opta por la intimidad, por moverse en ese inmenso caserón que sirve como cuartel a Woodcock. Son ellos, la casona es como es pareja, fuerte y oscura a ratos.

El drama romántico está ahí, pero parece más suspenso psicológico y la definición del género dependerá del visionado de cada espectador. ¿Qué importa más? ¿La conducta enfermiza de este par como objeto de estudio o la realización de la pareja sin importar cómo llegan a revivir la llama de la pasión?

Claro que es una historia retorcida, no por eso menos fidedigna que cualquier otra de romances superfluos o edulcorados. Lo auténtico del repaso de Anderson para “confeccionar” a una pareja solida es lo que sobresale por encima de muchos de los méritos del filme. Ese hilo que no se ve pero permite a un par unirse pese a todo.

 

Dirección, guión y fotografía: Paul Thomas Anderson.
Reparto: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville.
Edición: Dylan Tichenor.

Juárez Góngora

Es orgullosamente yucateco. Egresado de la licenciatura en Periodismo en un colegio de la tierra del panucho y el salbut. Le dio por conocer varias zonas del país hasta que se avecindó en la Ciudad de México, donde se dedica a hacer textos para el mundo del internet. Amante de la literatura, melómano, pero primordialmente cinéfilo, de niño repasó películas en formato Betacam una y otra vez, hasta que finalmente, un buen día, fue al cine y de ahí no pudo salir.

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