Tras ser acusado de un crimen violento, un detective se ve obligado a demostrar su inocencia.
Sin piedad / Mercy
Dirección: Timur Bekmambetov
Guion: Marco van Belle
Aunque con toda la intención de presentar los peligros de tomar a la inteligencia artificial como la panacea y dueña de la Verdad absoluta, Sin Piedad es de esos filmes que revienta su argumento en aras de hacer más espectacular el apartado visual.
Chris Pratt luce afectivo al pasar prácticamente toda la cinta sentado en una silla y aún así logra contagiarnos la desesperación de un hombre que debe enfrentar una carrera contrareloj para demostrar su inocencia luego de que su esposa es encontrada muerta en su casa.
Y el filme transcurre prácticamente en tiempo real. Mientras el protagonista es enjuiciado por una inteligencia artificial, Timur Bekmambetov despliega todos esos abusos narrativos que tanto le gustan para aproximarse a una estética que coquetea con el cibe punk sin lograrlo del todo y no stoma de la mano para llevarnos a un viaje de cerca de dos horas que ni se siente.
Porque la apuesta del cineasta es por el vertigo, al igual que ha hecho con otros productos, ahora con una historia un tanto más envolvente, a la que le hubiese quedado mejor olvidarse de moralidades y giros de tuerca inversímiles para respetar una narración muy creativa y que no da momento para el descanso.
El situarnos, metafóricamente, en el asiento del paersonaje principal para ser parte de ese juicio es lo que Bekmambetov hace muy bien y se sirve de muchos varios artificios para hacer que la tensión crezca aunque la trama pueda parecer un tanto obvia antes de la segunda mitad de la cinta.
La construcción del misterio es un tanto torpe, pero cuando el cineasta se dedica a tirar adrenalina por todos lados el filme levanta y se encamina a un desenlace inesperado, igual poco satisfactorio en términos visuales, pero lo suficiente como para que se albergue un poco de esperanza en un futuro que dibuja en extremo sombrio y desalmado.
Esa inteligencia artificial que se nos presenta como juez, jurado y verdugo es amenazante, incluso terrorífica, pero se va desdibujando conforme se humaniza, adquiriendo un tinte de tratamiento de fábula que tira por la borda cualquier contundencia posible.
Porque se notan las ansias de vender una moraleja, que no es tan desagradable si pensamos que es necesario tomar conciencia de la naturaleza misma de la máquina, que no tiene conciencia y es implacable al momento de ejecutar el trabajo que se le designa.
No es un filme que sorprenda por su trama, sino por sus persecusiones y la forma en la que nos presenta los procesos de deliberación de la máquina. Ya cuando se mete en terrenos de conversión a lo Pinocho, pierde su encanto, aunque no por eso decae esa idea tan atractiva como dolorosa de que a la máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella
