Animales nocturnos: la venganza en medio de mucho glamour

Luego de una decepción amorosa hay que vivir el duelo y no todos lo toman de modo amable. Al final, terminar una relación siempre representará un fracaso, aún cuando el rompimiento sea necesario. “Animales nocturnos” es un recorrido salvaje por el proceso de desintoxicación de un hombre y las similitudes entre lo que crea y la vida real.

Tom Ford, quien fuera director creativo de Gucci e Yves Saint Laurent, definitivamente sabe de preciosismo. Lo realmente agradable de su segundo trabajo como director en “Animales nocturnos” es que utiliza este universo brillante y glamuroso para hacer un contraste con el desgarrador relato inmerso dentro de la película. Como las muñecas matrioskas: un relato dentro de otro, dentro de otro.

Este ejercicio de metaficción, a momentos confuso, está manejado de modo tal que conquista, pues no intenta ser una pieza de misterio que obligue al espectador a esforzarse por descubrir de qué se trata, sino que es el modo en que el protagonista (Jake Gyllenhaal) noveliza su estado anímico luego de que sus sueños amorosos se derrumban.

Sin embargo, Ford se esfuerza demasiado en plantear que pese a las luces y la saturación de colores el relato es en realidad sombrío y apabullante. Por eso la introducción resulta perturbadora pero innecesaria. Sus silencios son más poderosos que lo que se habla porque tiene en Gyllenhaal y Amy Adams a dos histriones poderosos con dominio total de sus personajes.

Es definitivamente un manifiesto, porque hacer arte significa transitar por un camino largo y sinuoso, no es cosa de un día. Edward Sheffield (Gyllenhaal) se convirtió en escritor tras enfrentar a sus demonios, ponerles nombres y asesinarlos del modo más agresivo posible. El libro que entrega a Susan (la historia dentro de la historia) es incluso más cautivante que la realidad que vivieron como pareja. Y es el modo en que el escritor resurge de sus cenizas para cobrar venganza. Muchas.

“Animales nocturnos” puede presumir de un guión muy cuidado, se nota que Ford es un tipo que ama los detalles. Las situaciones y espacios en los que ocurre la vida de Susan y Hutton (Armie Hammer) son amplios, fríos, llenos de arte pero carentes de pasión. Mucha imagen y poco sentimiento. En ese aspecto, Ford puede alcanzar grandes niveles si transita más por esa ruta.

Pero está el ir y venir de anécdotas. Los aparentes flashbacks, las referencias a otros momentos y otras realidades. Ese apartado es tramposo, por no decir que un desastre. Al final, el padecimiento de la protagonista es importante para cuando llegamos al cierre del filme, pero tanta desolación resulta odioso, de no ser porque Adams leyendo sólo con una prenda encima es demasiado atractivo.

La joya del filme es Aaron Taylor Jhonson. Si bien todos los personajes involucrados son intensos, su interpretación de Ray Marcus es delirante, no sólo por convertirse en el odio personificado de Sheffield, sino porque es despiadado, feroz, uno de esos tipos detestables que no tienen conciencia, como el dolor del autor, como los miedos que le atormentan, como la rabia que le destruye.

Lo mejor: bajo sus tonos elegantes y la pulcritud, hay un mundo lleno de porquería. Los duelos nunca son agradables, lo único bueno que tienen es que con el tiempo ya no pesan tanto. A veces sólo a veces, logran convertirse en algo hermoso. No cualquier puede transformar el sufrimiento en arte. Esa es la idea central de los “Animales nocturnos” de Tom Ford.

Nocturnal Animals (2016)

Dirección y guión: Tom Ford.
Adaptación de la novela de Agustin Wright.
Protagonistas: Amy Adams, Jake Gyllenhaal, Aaron Taylor-Johnson, Michael Shanon.
Edición: Joan Sobel.
Fotografía: Seamus McGarvey.

 

*Imágenes tomadas del sitio oficial de “Nocturnal Animals”.
*Texto publicado por Juárez Góngora en Azteca Noticias.

Juárez Góngora

Es orgullosamente yucateco. Egresado de la licenciatura en Periodismo en un colegio de la tierra del panucho y el salbut. Le dio por conocer varias zonas del país hasta que se avecindó en la Ciudad de México, donde se dedica a hacer textos para el mundo del internet. Amante de la literatura, melómano, pero primordialmente cinéfilo, de niño repasó películas en formato Betacam una y otra vez, hasta que finalmente, un buen día, fue al cine y de ahí no pudo salir.

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